miércoles, 27 de agosto de 2008

2a relatoria

Relatoría Pigmalión en la escuela

Esta ocasión toca el turno a Jesús Álvarez coordinar la sesión. Los participantes nos presentamos diciendo nuestro nombre, formación, profesión y edad. Se escriben en el pizarrón las edades de todos, resultando una suma de aproximadamente 868 años, la cual se redondea a 1000 años. Esto es lo cuantitativo, también puede verse como la edad de experiencia de vida de todos los participantes. Jesús propone una metodología que nos ayudará a entender, a grandes rasgos, los procesos más importantes de la vida. Tal modelo está basado en la “W”. Los tres primeros años de vida, etapa en la que somos más susceptibles al aprendizaje; la adolescencia es otro momento de tensión en el proceso de desarrollo del ser humano. La adolescencia marca el acto sexual como el inicio de responsabilidad. La madurez se caracteriza por las decisiones como el casamiento, tener hijos, establecerse, etc. La siguiente etapa se da de la madurez a la vejez, y en este último punto la vejez se relaciona con el dragón, es decir, con todo lo que sí se hizo y lo que no se hizo. El punto final de la “W” es la muerte. Este modelo expone las etapas eróticas y tanáticas en los procesos de todo ser humano. Por ejemplo, se dijo que la adolescencia es una etapa altamente erótica, en la que nuestros estudiantes de preparatoria tienen una alta carga sexual, siendo a partir del eros que actúan.
Tal metodología puso de relieve la importancia de que la academia se establezca a partir del intercambio humano, es decir, a partir de compartir experiencias, pues es a partir de nuestras historias de vida que prejuiciamos a los otros.
Hay que partir de la idea de que el aprendizaje es un proceso inacabado. Se dijo que como docentes—tutores debemos aprender a integrar a los estudiantes al ritmo de aprendizaje del grupo, tratando de potenciar sus capacidades, para lo cual se requiere de confianza. ¿Y cómo generar la confianza en los estudiantes? La reflexión volvió al tema de los prejuicios que anteponemos en nuestras relaciones con los estudiantes, los cuales se expresan en etiquetas que colocamos y a partir de las cuales nos relacionamos. Tales etiquetas pueden limitar su rango de acción, pues expresan lo que nosotros esperamos de ellos. Alguien comenta que, independientemente de las etiquetas, hay que detectar las necesidades de cada estudiante. No podemos fijar las mismas expectativas en todos los estudiantes. Alguien habla de la suspensión del juicio, es decir, de detenernos antes de enjuiciar a alguien. La pregunta es ¿cómo relacionarnos sin poner etiquetas? Es evidente la preocupación general de cómo tratar con los estudiantes. Se señala a la empatía como otra de las características psicológicas que el docente debe tener. La empatía nos ayuda a adivinar lo que sucede en el otro, en este caso. Sin embargo, varios están de acuerdo en que a veces uno supone que conoce al estudiante y cree cumplir con sus expectativas al proponer, por ejemplo, otro tipo de estrategias de aprendizaje, pero erramos y nuestra clase termina siendo aburrida para ellos, pues no sabemos cuáles son sus expectativas, a pesar de que una de las ventajas de modelos educativos como el del IEMS y el de la UACM es la figura del docente-tutor, que supuestamente ayuda a conocer mejor a los estudiantes. Se mencionan las emociones como componente fundamental en las relaciones no sólo académicas, sino en todo tipo de relaciones humanas. Lejos de las expectativas que los profesores tengamos o no de los estudiantes, hay que verlos primero que nada, como seres humanos.
También se menciona la importancia de cambiar los planes de estudio, pues muchas veces los profesores nos concentramos demasiado en los contenidos. Se retoma la propuesta metodológica de la “W” para resaltar el hecho cognitivo de amamantar, el cual tiene una fuerte carga amorosa, elemento que no está considerado en ningún plan de estudio, pero que es necesario en todo proceso de aprendizaje.
Para concluir, se habló del hecho de la comunicación no verbal, que los juicios y etiquetas con los que tratamos al otro se expresan aunque no lo digamos verbalmente, pues nuestro cuerpo siempre comunica. Estuvimos de acuerdo en que no existen recetas para no juzgar, sin embargo, sí es posible postergar el juicio hasta tener un mayor conocimiento del otro.
Antes de finalizar la sesión, un profesor comparte con el grupo sus experiencias como docente-tutor.